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Los operadores (spin doctors) son voceros oficiales y profesionales encargados de presentar a sus empleadores de la manera más favorable posible y transmitir la interpretación más positiva de los acontecimientos, llegando a manipular la información. No siempre es fácil identificarlos. Obviamente, el funcionario de enlace del ministro con la prensa es uno de ellos. Pero ¿qué pasa con los periodistas a los que se paga secretamente para promover cierta causa o partido? ¿Qué pasa con las filtraciones que se deslizan a la prensa a través de fuentes encubiertas? ¿O los expertos pagados por una compañía para promover ciertos productos? ¿O el material subido anónimamente a páginas web? Todos estos operadores son requeridos cada vez más para promover diversas causas. Por ejemplo, el gobierno de EEUU utilizó una consultora para “manejar” la imagen pública de la Guerra del Golfo, y su CEO se describió a sí mismo orgullosamente como un “guerrero de la información”.

En cualquier caso, es más fácil lidiar con un operador experto que con noticias falsas. Se sabe que al vocero del ministro se le paga para pasar por alto los problemas y destacar los logros y solo los menos avezados mienten porque basta un mínimo
de investigación para ponerlos al descubierto. Una exhaustiva investigación previa combinada con buenas técnicas de entrevistas puede arrinconarlos si responden con evasivas y énfasis engañosos. Los voceros solo hacen su trabajo, al igual que el periodista.

Los voceros oficiales, los gobiernos y muchas corporaciones tienen agencias de inteligencia para impulsar en forma encubierta los objetivos de sus jefes y, a veces, los suyos propios. El gobierno de Estados Unidos las utilizó para plantar historias en los medios sobre las armas de destrucción masiva de Saddam Hussein que nunca tuvo, como se comprobó después.

Plantar historias es rutina diaria para los servicios secretos, que mantienen departamentos enteros con el propósito de influir sobre los medios. Muchas veces incluso espían a los periodistas para averiguar qué saben los investigadores, e
incluso tratan de reclutarlos en algunos casos con éxito. Pero del mismo modo les acercan a los periodistas información falsa que muchas veces suena espectacular con el propósito de confundirlos y confundir al público. Hay que ser muy cuidadoso cuando alguien se muestre demasiado ávido por colaborar con un periodista con grabaciones y documentos importantes, incluso si sus motivaciones parecen plausibles.

Evelyn Groenink, fundadora del Forum for African Investigative Reporters, investigó el asesinato de la representante del Congreso Nacional Africano Dulcie September, cometido en París en 1988. En este caso, el servicio secreto francés hizo llegar a los diarios una serie de informes falsos en los que supuestamente se identificaba a asesinos extranjeros para ocultar su propio rol. En una oportunidad se le prometieron a Groenink 300 horas de conversaciones grabadas entre un conocido comerciante de armas francés y un comerciante que había sido engañado. La fuente parecía tener motivos razonables para dirigirse a la prensa: quería vengarse por haber sido estafado. Pero cuando Groenink comenzó a hacer preguntas acerca de importantes sumas de dinero, potencial vigilancia, pasajes en avión y redes de contactos que la “víctima defraudada” parecía tener a su disposición, la fuente escapó en dirección a Londres, donde vivía. Groenink sospechó que trabajaba para el gobierno del Reino Unido o para la industria armamentista de ese país.

Como regla general es mejor que el periodista encuentre a sus fuentes que dejar que ellas lo encuentren a usted. Una “garganta profunda”, como se dio en llamar la fuente anónima del Watergate, que insiste en encontrarse en una callejuela
oscura y pide secreto por estar perseguida, puede muy bien ser parte interesada. Sobre todo cuando se trata de historias calientes, hay fuentes que se muestran renuentes, que insisten en que todo es estrictamente confidencial o que quieren
permanecer anónimas. Es imprescindible indentificar quién es esta persona. Sin conocer nada sobre el entorno no puede saberse si está calificada para servir de fuente. La fuente más riesgosa es la voz no identificada en el otro extremo de una línea telefónica.